Tótem

El lobo sufre… veo sus ojos desesperados, confusos, temerosos cuando mi actuar lo daña, cuando me alejo de él. Siento la frialdad de la estepa, en tierra yerma no crece sino pasto, un pastizal seco, de una tonalidad marrón casi ausente de vida. Cerros, montañas, filosas rocas y en el cielo manchones de nubes; soledad. El lobo me observa con dolor en la mirada, camina olfateando, buscando con gran nerviosismo, no pertenecer le desespera. En su mente surgen nebulosas imágenes de una época cobijada, cálida, rodeada de una luz protectora. Camina en círculos, rasgando el suelo con sus patas intentando encontrar un rastro hacia sus recuerdos. Ha sido arrancado del cobijo, perdió la consciencia y al despertar no había más que ausencia. Se convirtió en extranjero de tierras conocidas, permanente buscador errante sin norte. Se rodeó de desconfianza y temor, intenta resguardar lo único que reconoce de manos ajenas: su propio ser. Con la cola entre las patas observa, con ganas de acercarse, con ganas de confiar. Se sienta frente a mi al observar que no iré más alla, poco a poco el temor y el nerviosismo se alejan, puede comunicarse conmigo. Me permite caminar a su lado, se siente muy a gusto en compañía de quien no intente domar su espíritu, es esa la única compañía que aceptará.

Hoy el lobo sufre, sus colmillos escupen rabia, falté a nuestra promesa, intenté acariciarlo apresuradamente cuando ninguno de los dos estaba listo. Salí al mundo, salté afuera cuando debía resguardarme para respetar nuestro pacto, un pacto que no ata sino que libera el alma. Actué insconsciente, hablé demás, expliqué lo inexplicable, ataqué. Y cada palabra dañina hiere al lobo dentro de mí. Cada falta de respeto a mi ser, el no dormir, comer demás… las caricias son hipócritas, si intento acercarme de nuevo será desde la honestidad, sin apresurar el proceso. El lobo guía hacia la espiritualidad. Surge como animal de poder ante la necesidad de sabiduría, de conexión. Mi lobo ha sido herido, cada gota de sangre brota por mis ojos. Me recuerda aquel sabio consejo. Olvidé respetar mi refugio, vuelvo a mi capullo, donde crezco cada segundo, me nutro de mi ser, me alimento de lo real. Llegará el momento de salir, mientras tanto acompaño al lobo en la búsqueda.

A lo lejos se observa un valle verde, muy a lo lejos. Tal vez hacia allá vamos, tal vez de allá venimos, no hay lugar que nos pertenezca, la pertenencia es fugaz, el contacto es fugaz, las personas son fugaces, el recuerdo queda vivo a flor de piel pero no en sus mentes, de la manada desaparecemos, de la manada somos arrancados, sin comprender aún el por qué desaparecemos y nos desintegramos. Estamos volviendo a integrarnos, el lobo que no se deja guiar es el único capaz de guiar, pero aún no es tiempo de salir, recorreremos la estepa hasta conocer cada rincón, antes de continuar el viaje. Condenados a la estepa estamos, hagámos de ésta una dulce condena que nos libere.

Tu ser está muy débil y el combate se pone más y más difícil. Cierra pues las puertas, guarda tu interior. La vida es preciosa y no merece ser perdida a manos de demonios indignos de tomarla. Retirate, reúne los ejércitos y sólo entonces parte en busca de las sombras.                    No antes.                                                    Nunca antes.

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